—¡Marianne, Rosanne, aléjense de ese hombre!
La voz del tío Orson irrumpió como un latigazo en el aire tranquilo del jardín, rompiendo de golpe la armonía tibia de la tarde.
El canto lejano de los pájaros se desdibujó bajo ese grito cargado de alarma, y las gemelas se sobresaltaron al unísono.
Sus pequeñas manos, que hasta hacía apenas un segundo se aferraba con confianza a la chaqueta de Zacarías, se soltaron de golpe, como si el contacto se hubiera vuelto peligroso.
Las niñas retrocedieron un paso, confusas, con los ojos muy abiertos. El miedo cruzó fugazmente sus rostros infantiles, un miedo que no entendían del todo, pero que percibían en la voz del adulto que les hablaba.
Zacarías, que hasta ese instante estaba completamente fascinado con la ternura de las niñas —sus risas suaves, la forma en que lo observaban con una mezcla de curiosidad y afecto sincero—, levantó la mirada con evidente desconcierto.
No comprendía aquella reacción tan brusca. No entendía la hostilidad repentina n