—¡Marianne, Rosanne, aléjense de ese hombre!
La voz del tío Orson irrumpió como un latigazo en el aire tranquilo del jardín, rompiendo de golpe la armonía tibia de la tarde.
El canto lejano de los pájaros se desdibujó bajo ese grito cargado de alarma, y las gemelas se sobresaltaron al unísono.
Sus pequeñas manos, que hasta hacía apenas un segundo se aferraba con confianza a la chaqueta de Zacarías, se soltaron de golpe, como si el contacto se hubiera vuelto peligroso.
Las niñas retrocedieron un