Zacarías lo supo con una claridad que le atravesó el pecho como una herida abierta: Camely estaba fuera de sí. No se trataba solo de miedo; era pánico puro, primitivo, ese que se instala en el cuerpo cuando la mente intenta olvidar, pero la piel recuerda.
Lo vio en la forma en que sus ojos se perdían, en cómo su respiración se quebraba, en la rigidez de su cuerpo, preparado para recibir un golpe que ya no estaba allí, pero que seguía vivo en su memoria.
Él tomó su rostro entre las manos con firmeza, obligándola a mirarlo.
Necesitaba que lo viera, que lo reconociera, que regresara a él. Sus pulgares temblaban levemente al tocarla, no por debilidad, sino por el miedo profundo de llegar demasiado tarde.
Aun así, su voz salió firme, grave, casi autoritaria, como si de esa certeza dependiera la vida de ambos.
—Escúchame, nadie te va a lastimar.
Las palabras no fueron un simple consuelo. Fueron una promesa. Una que no sabía si podía cumplir, pero que estaba dispuesto a sostener incluso con s