—¡Mi esposa…! —la voz de Zacarías se quebró antes de que pudiera terminar la frase—. ¿Está viva?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, temblorosas, frágiles. El silencio que siguió fue denso, casi opresivo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para torturarlo.
Zacarías sintió que el corazón le golpeaba con violencia el pecho, que el mundo entero se reducía a ese instante, a esa pregunta que llevaba años enterrada en lo más hondo de su alma.
El investigador lo observó con atención, midiendo cada gesto, cada respiración agitada. No apartó la mirada. Finalmente, asintió despacio, con una gravedad que no dejaba espacio a malentendidos.
—Estoy seguro de que Camely Delmar está viva.
Aquellas palabras no llegaron como un alivio.
Fueron un impacto brutal, una sacudida que lo atravesó de lado a lado.
Zacarías sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla para no desplomarse. Viva.
Camely podía estar viva. La posibilidad era tan grande q