—¡Mi esposa…! —la voz de Zacarías se quebró antes de que pudiera terminar la frase—. ¿Está viva?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, temblorosas, frágiles. El silencio que siguió fue denso, casi opresivo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para torturarlo.
Zacarías sintió que el corazón le golpeaba con violencia el pecho, que el mundo entero se reducía a ese instante, a esa pregunta que llevaba años enterrada en lo más hondo de su alma.
El investigador lo observó con atención,