Zacarías permanecía sentado, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Su mirada estaba fija en un punto invisible frente a él, pero no veía nada.
El mundo seguía girando: voces lejanas, pasos, el murmullo constante de la vida avanzando sin esperarlo.
Sin embargo, dentro de su cabeza reinaba un silencio pesado, opresivo… roto solo por los recuerdos.
Camely. Siempre Camely.
Bastaba con cerrar los ojos para que su presencia lo envolviera con una claridad casi cruel.
La veía como si estuviera allí, frente a él, viva en cada detalle. Su risa suave, esa risa que siempre lograba desarmarlo.
La forma particular en que pronunciaba su nombre, alargando la última sílaba, como si le perteneciera.
La tibieza de su piel bajo sus dedos, el modo en que encajaba perfectamente contra su cuerpo.
Todo seguía intacto en su memoria, como una herida abierta que jamás terminó de cicatrizar.
Inspiró hondo, intentando llenarse de aire, pero algo falló. El oxígeno no parecía llegarles a lo