Tan rápido como su cuerpo se lo permitió, Zacarías la sacó de aquel lugar. No pensó en el dolor que le atravesaba los brazos ni en el ardor de sus pulmones; solo sabía que tenía que alejarla de ahí, que cada segundo contaba.
Su corazón latía con una violencia aterradora mientras gritaba pidiendo ayuda. Los paramédicos llegaron corriendo, como si el caos los hubiera convocado de inmediato.
—¡Aquí! —gritó alguien—. ¡Rápido!
Colocaron la mascarilla de oxígeno sobre el rostro pálido de Camely. Su respiración era irregular, débil, como si se le escapara la vida a bocanadas. Zacarías la sostuvo de la mano hasta que se la arrebataron con cuidado profesional. A él lo subieron a la ambulancia, aún aturdido, con la ropa manchada y el rostro desencajado.
El sonido de la sirena rompió la noche, y el trayecto al hospital se le hizo eterno.
Al llegar, Zacarías observó cómo se llevaban a Camely directo a emergencias. La camilla desapareció tras unas puertas automáticas que se cerraron con un sonido s