Tan rápido como su cuerpo se lo permitió, Zacarías la sacó de aquel lugar. No pensó en el dolor que le atravesaba los brazos ni en el ardor de sus pulmones; solo sabía que tenía que alejarla de ahí, que cada segundo contaba.
Su corazón latía con una violencia aterradora mientras gritaba pidiendo ayuda. Los paramédicos llegaron corriendo, como si el caos los hubiera convocado de inmediato.
—¡Aquí! —gritó alguien—. ¡Rápido!
Colocaron la mascarilla de oxígeno sobre el rostro pálido de Camely. Su re