—¿Qué dices, Camely?
La voz de Zacarías tembló apenas, pero para ella fue como un latigazo.
Él la observó con los ojos perdidos, como si aquella frase acabara de arrancarle el aire de los pulmones.
“Es la segunda vez que habla de divorcio… ¿De verdad no siente nada por mí?”, pensó con un nudo hundiéndose en su estómago.
Camely no respondió. Solo se puso de pie con brusquedad, sintiendo cómo todo el cuerpo le dolía, no solo por la bofetada, sino por el golpe emocional que llevaba encima.
Fue hasta el minibar, abrió la pequeña puerta con torpeza y tomó una bolsa de hielo.
La colocó sobre su mejilla enrojecida. El frío la hizo estremecer, y aun así le pareció mejor que el ardor del alma.
—Es lo mejor —susurró con la voz rota—. ¡No puedo soportarlo más!
Zacarías dio un paso adelante, luego otro, como si el suelo fuera lava y aun así estuviera dispuesto a quemarse por alcanzarla.
—¿No puedes soportarme más? —preguntó con un tono que era mezcla de rabia contenida y miedo; miedo auténtico.
Ca