Cuando Gala y Edmund regresaron aquella tarde, sus pasos resonaron con fuerza en el pasillo de la casa.
Ambos estaban tensos, casi alterados, y apenas entraron al salón donde los esperaban Gael y Romina, las palabras explotaron sin control.
—Lo siento mucho, Romina —dijo Gala, respirando agitadamente—, pero… Zacarías está loco por esa gorda.
Romina, que estaba revisando unos documentos, se quedó inmóvil. Su rostro, siempre erguido, perdió el color en cuestión de segundos.
—No… —murmuró, negando