Ella dio un paso atrás, paralizada por la escena que acababa de presenciar.
El mundo pareció cerrarse sobre ella, y antes de que Zacarías pudiera reaccionar, Camely se giró y salió corriendo del salón de masajes, con el corazón oprimiéndosele como si no cupiera en su pecho.
—¡Camely, espera! ¡No! —gritó él, desesperado.
Zacarías se incorporó de un salto, arrancándose la sábana del cuerpo y vistiéndose a toda prisa.
Tras él, Gala apenas logró ponerse una bata, murmurando atropellada:
—¡Zacarías, yo no quería esto! ¡Te juro que yo…!
Él se volvió hacia ella con una expresión que la hizo temblar. Sus ojos, oscuros de rabia, la atravesaron como un golpe invisible.
—Tú vas a venir conmigo y vas a explicar exactamente qué demonios pasó aquí —escupió, sujetándola del brazo.
En ese instante entró un empleado del spa, alarmado por los gritos.
—Señor, ¿todo está bien?
Zacarías lo señaló con un dedo tembloroso de furia.
—¡Escúcheme bien! ¡Si en cinco minutos no tengo el video de seguridad de esta