Camely sintió cómo el miedo la envolvía por completo, como un manto helado que le impedía respirar.
Estaba tirada en el suelo, incapaz de incorporarse; cada músculo de su cuerpo ardía por los golpes.
Se sentía humillada, expuesta, convertida en una sombra rota de lo que alguna vez había sido.
La dignidad, esa última capa de defensa que siempre creyó indestructible, también le había sido arrancada sin piedad.
La habían despojado de todo lo material, pero lo que más le dolía era aquello que no se podía cuantificar: su inocencia, su tranquilidad, su derecho a sentirse segura en el mundo.
Temblaba de frío, pero también de miedo. Un miedo visceral, paralizante.
Y, aun así, en medio de ese terror creciente, una idea surgió con fuerza en su mente: si sobrevivía, si por algún milagro lograba salir con vida de esa pesadilla, juraba que los haría pagar.
No solo con dolor, sino con una locura lenta y profunda, una venganza que los persiguiera hasta en sus sueños.
Quería convertirse en su karma,