Gala entró al salón con pasos lentos y calculados.
Romina y Gael se quedaron congelados al verla aparecer en el marco de la puerta. La sangre se les heló en las venas, como si hubieran sido atrapados en un acto imperdonable.
Gael reaccionó primero, tragando saliva con una incomodidad evidente.
—Hija… —balbuceó, inquieto, intentando recuperar la compostura—. ¿Qué escuchaste?
Gala sonrió con calma, una sonrisa fina, peligrosa. Esa sonrisa que conocían demasiado bien.
—Lo suficiente —respondió, ava