Gala entró al salón con pasos lentos y calculados.
Romina y Gael se quedaron congelados al verla aparecer en el marco de la puerta. La sangre se les heló en las venas, como si hubieran sido atrapados en un acto imperdonable.
Gael reaccionó primero, tragando saliva con una incomodidad evidente.
—Hija… —balbuceó, inquieto, intentando recuperar la compostura—. ¿Qué escuchaste?
Gala sonrió con calma, una sonrisa fina, peligrosa. Esa sonrisa que conocían demasiado bien.
—Lo suficiente —respondió, avanzando unos pasos hacia ellos—. Y no te preocupes, papá, no me importa que se acuesten juntos, ni estén engañando a mi padrino. Eso no es lo que me interesa.
Romina frunció el ceño, su expresión mostraba más molestia que culpa.
—¿Entonces qué quieres? —preguntó con frialdad.
Gala los miró a ambos, su sonrisa se expandió, revelando la verdadera intención detrás de su calma.
—Quiero ser su aliada —declaró al fin—. Si van a deshacerse de esa maldita gorda, quiero estar de su lado. Solo les pediré u