Ella rompió el beso de pronto, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerla.
Sus labios aún rozaban los de él cuando su cuerpo perdió toda fuerza.
Se desvaneció entre los brazos de Zacarías, y él apenas tuvo tiempo de sostenerla antes de que cayera al suelo. La levantó con sumo cuidado, aunque era pesada, pudo con ella, porque era fuerte, y la recostó sobre la cama que estaba muy cerca.
La observó en silencio, intentando comprenderla.
Sus mejillas regordetas seguían enrojecidas, un rubor cálido que contrastaba con la palidez del resto de su rostro.
Sus pestañas temblaban, y su respiración era tranquila, casi infantil. Dormía profundamente, ajena al caos emocional que ella misma había provocado minutos antes.
Intentó abrir los ojos. Balbuceó algo, su voz apenas un murmullo.
—Zac… —susurró, como si su nombre fuera una súplica. Pero volvió a hundirse en el sueño sin llegar a despertar del todo.
Zacarías se acercó despacio. La contempló con una mezcla de desconcierto