Orson fue a la mansión cuando ya era de noche. El cielo estaba cubierto, denso, de un gris oscuro que parecía aplastar el aire. No había estrellas. No había luna. Solo esa sensación opresiva que le oprimía el pecho desde que había cruzado el portón principal. Apenas entró, no saludó a nadie. No miró a los criados. No respondió a los murmullos que lo seguían como sombras. Subió las escaleras con pasos rápidos, casi torpes, el pulso desbocado, el cuerpo ardiéndole de una forma extraña que no lograba comprender del todo.
Sentía calor. Un calor incómodo, ajeno, como si algo se hubiera desatado dentro de él sin permiso.
Su intención inicial era clara, o al menos eso se repetía en la cabeza: llegar a su habitación, encerrarse, dormir, olvidar. Se lo dijo una y otra vez mientras avanzaba por el pasillo, como una verdad que necesitaba creer… aunque sonara a mentira mal dicha.
Pero cuando llegó al corredor del ala este, sus pies se detuvieron.
No frente a su puerta.
Frente a otra.
La de Jenny.