Orson fue a la mansión cuando ya era de noche. El cielo estaba cubierto, denso, de un gris oscuro que parecía aplastar el aire. No había estrellas. No había luna. Solo esa sensación opresiva que le oprimía el pecho desde que había cruzado el portón principal. Apenas entró, no saludó a nadie. No miró a los criados. No respondió a los murmullos que lo seguían como sombras. Subió las escaleras con pasos rápidos, casi torpes, el pulso desbocado, el cuerpo ardiéndole de una forma extraña que no logra
J.D Anderson
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