Zacarías dio un paso adelante y fijó la mirada en Gala.
Había cansancio en su expresión
—Gala —dijo con voz pausada, pero firme—. Aunque decidas disculparte y yo pueda perdonarte, eso no cambia nada. Ayer confesaste tus sentimientos hacia mí… y eso cruza un límite. Soy un hombre casado. Te pido, de la manera más respetuosa posible, que te alejes de mí y de mi vida privada.
El silencio se apoderó del comedor. Romina abrió los ojos con incredulidad, como si las palabras de su hijo fuesen un golpe inesperado.
Gala comenzó a llorar otra vez, pero esta vez no había teatralidad en su llanto; parecía una mezcla de frustración y dolor por la humillación.
Romina se acercó a su ahijada para abrazarla y consolarla.
—Ya, ya… —murmuró, como si fuese la víctima de todo aquello.
Gala se secó las lágrimas con el dorso de la mano antes de mirar a Camely.
—No volveré a mencionar mis sentimientos, lo juro. Haré todo lo posible por olvidarte, Zacarías… —tragó saliva, y su voz se quebró—. ¿Y tú, Camely? ¿P