—¡¿Qué significa esto?! —la voz de Roberto estalló en la habitación como un latigazo—. ¿Acaso no podemos tener un poco de privacidad?
El aire se volvió denso. Yara, de pie junto a la puerta, apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sus labios temblaban, y sus ojos brillaban peligrosamente, a un paso de desbordarse en lágrimas. No estaba preparada para lo que estaba viendo, ni para lo que sentía: una mezcla amarga de humillación, rabia y una envidia que le quemaba el pecho.
—Esto no es lo que parece… —intentó decir, pero su voz salió débil, quebrada.
Antes de que pudiera continuar, la puerta se abrió de golpe.
—¡Déjala ahora mismo, Roberto!
Carlos irrumpió en la habitación como una tormenta. Su mirada recorrió la escena con desprecio, deteniéndose en Rosanne, envuelta de pies a cabeza en el abrigo, sentada sobre la cama.
—Ella no te ama —continuó, con una sonrisa cargada de veneno—. Rosanne solo hace todo esto para darme celos. Siempre lo ha hecho. ¿O