—¡¿Qué significa esto?! —la voz de Roberto estalló en la habitación como un latigazo—. ¿Acaso no podemos tener un poco de privacidad?
El aire se volvió denso. Yara, de pie junto a la puerta, apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sus labios temblaban, y sus ojos brillaban peligrosamente, a un paso de desbordarse en lágrimas. No estaba preparada para lo que estaba viendo, ni para lo que sentía: una mezcla amarga de humillación, rabia y una envidia que le quemab