—¡Yo iré contigo! —dijo Roberto sin dudar, con una firmeza que no admitía discusión.
Rosanne se volvió hacia él con lentitud, como si esas palabras hubieran tardado un segundo en llegar a su conciencia.
Sus ojos, aún enrojecidos por la tensión acumulada de la mañana, brillaban con una mezcla peligrosa de miedo y gratitud. No estaba acostumbrada a que alguien se quedara.
Mucho menos a que lo hiciera sin condiciones.
—No, Roberto… —negó en voz baja, casi suplicante—. Si mi padre vio ese video, debe estar furioso. No quiero que te vea envuelto en esto. No mereces cargar con mis errores.
—¡No me importa! —respondió él de inmediato, sin elevar la voz, pero con una convicción que pesaba más que cualquier grito—. Si quiere un culpable, que me señale a mí. No voy a dejarte sola ahora. No después de todo.
Rosanne cerró los ojos un instante.
Sabía que insistir sería inútil. Cuando Roberto hablaba de esa manera, ya había tomado una decisión irrevocable. Siempre había sido así: firme, leal, prese