Roberto avanzó con pasos firmes, el corazón, golpeándole en el pecho con fuerza. En cuanto vio a Carlos junto a Rosanne, una rabia casi animal se apoderó de él. No dudó ni un instante: empujó a Carlos con un golpe seco en el estómago que lo hizo doblarse sobre sí mismo.
—¡Imbécil! ¡No vuelvas a tocarla! —gritó, la voz quebrada por la ira contenida durante demasiado tiempo.
Carlos se tambaleó, intentando recuperar el aire, y una sonrisa arrogante se dibujó en sus labios.
—¡No la he obligado! ¡Ell