Roberto avanzó con pasos firmes, el corazón, golpeándole en el pecho con fuerza. En cuanto vio a Carlos junto a Rosanne, una rabia casi animal se apoderó de él. No dudó ni un instante: empujó a Carlos con un golpe seco en el estómago que lo hizo doblarse sobre sí mismo.
—¡Imbécil! ¡No vuelvas a tocarla! —gritó, la voz quebrada por la ira contenida durante demasiado tiempo.
Carlos se tambaleó, intentando recuperar el aire, y una sonrisa arrogante se dibujó en sus labios.
—¡No la he obligado! ¡Ella me ama a mí! —exclamó con prepotencia, intentando que su voz sonara segura, aunque el dolor lo traicionaba.
Rosanne, en un gesto que mezclaba incredulidad y diversión, comenzó a reír.
Una risa que sonaba extraña, casi desquiciada, y que hizo que Roberto sintiera cómo su estómago se hundía con preocupación y confusión. No entendía del todo esa reacción de ella, pero la intensidad de su risa le golpeaba como un desafío silencioso al caos que los rodeaba.
Roberto, sin pensarlo, tomó a Carlos del