Roberto acarició el rostro de Rosanne con una ternura que dolía. No era una caricia ligera ni distraída; era un gesto cargado de miedo, de necesidad, de una devoción que rozaba lo desesperado. Sus dedos temblaban apenas, como si temiera que con un solo movimiento brusco ella pudiera romperse… o desaparecer otra vez.
La miró como se mira a alguien que se ha perdido demasiadas veces: con un amor profundo, pero también con el terror permanente de volver a perderlo todo.
Ella respiraba con calma, pe