—¿Qué estás diciendo? —la voz de la señora Lutton temblaba, no de miedo, sino de una furia contenida que apenas lograba controlar—. ¡Mientes! No vas a usar a mi hijo, Marianne. No te lo permitiré. Quizás ese hijo ni siquiera es de Daniel y quieres condenarlo a ti.
Las palabras cayeron como golpes secos. Marianne sintió el impacto, pero no retrocedió.
La miró por última vez, y en su expresión ya no quedaba rastro alguno de súplica ni de temor.
Todo eso se había consumido horas atrás, reemplazado