Marianne retrocedió sin decir una sola palabra más.
Cada paso que daba lejos de aquel lugar era como arrancarse la piel. Volvió a su departamento casi en automático, con la mente nublada y el cuerpo pesado, como si llevara un peso invisible sobre los hombros.
Cuando llegó, el casero le abrió la puerta con una mirada curiosa, pero ella apenas lo registró. Entró, cerró detrás de sí y caminó directo al cuarto de baño.
Abrió la llave de la ducha y dejó que el agua caliente cayera sobre su cuerpo. E