Daniel la miró como si no la reconociera, como si la mujer que tenía frente a él no fuera la misma a la que había prometido amor, protección y futuro.
Sus ojos, antes cálidos y atentos, estaban ahora endurecidos, cubiertos por una rabia espesa, por una burla amarga que se clavó en el pecho de Marianne como una astilla imposible de arrancar.
En esa mirada no había duda, ni confusión, ni siquiera dolor compartido. Solo desprecio. Solo juicio.
No quedaba rastro del hombre que decía amarla. En su lu