Camely respiró hondo antes de entrar al bar. El lugar olía a vino y perfumes caros.
Luces neones estaban iluminando por todos lados y la música resonaba alta.
Ella, con su falda larga de algodón y su blusa sencilla, sabía que no encajaba en ese mundo… pero aun así había llegado.
Tenía que hacerlo. Lo hacía por su esposo. Por Zacarías.
Debía demostrar que era su esposa, al menos así se sentiría como una.
Se había peinado con esmero, aplicándose un labial suave para verse más presentable.
Intentó verse elegante, pero cada paso parecía recordarle que era diferente, ella se crio en un pueblo, en una haciendo, no en esa gran ciudad.
Apenas cruzó la puerta escuchó una voz femenina llamándola. Reconoció el tono y maldijo por dentro. Gala estaba ahí. La odiaba. Esa mujer se había transformado en una enemiga jurada, y la comenzaba a detestar con el alma.
Aun así, Camely se acercó con dignidad.
—Señora Andrade, bienvenida —saludó la secretaria, presentándose, pero de inmediato, Camely sintió su