Camely se levantó tambaleándose. Apenas podía mantener el equilibrio.
El alcohol le había entumecido la lengua, la garganta le ardía y su voz, ronca, se arrastraba como si cada palabra le costara un mundo.
—Yo… celebro —balbuceó, levantando una copa casi vacía—. Cumplí mi promesa… cumpla usted también, señor Ventura… debe darle la inversión a mi guapo esposo…
Un silencio cargado se extendió por la sala, roto por una risa estridente.
—¡Salud por el guapo esposo comprado por la gordita! —soltó Gala, alzando la copa como si celebrara una victoria personal.
Todos rieron con burlas, y Camely sin entender, solo reía también de su propia humillación que aún no comprendía.
—¡Camely!
La voz de Zacarías resonó en el salón entero. Grave, profunda, afilada.
Ella giró hacia él con el rostro encendido por el alcohol y la ilusión. En cuanto lo vio, su expresión se suavizó.
Se lanzó a sus brazos, aferrándose con torpeza, como si temiera que él se esfumara.
—Mi amor… mi amor… —murmuró con un puchero in