Camely se levantó tambaleándose. Apenas podía mantener el equilibrio.
El alcohol le había entumecido la lengua, la garganta le ardía y su voz, ronca, se arrastraba como si cada palabra le costara un mundo.
—Yo… celebro —balbuceó, levantando una copa casi vacía—. Cumplí mi promesa… cumpla usted también, señor Ventura… debe darle la inversión a mi guapo esposo…
Un silencio cargado se extendió por la sala, roto por una risa estridente.
—¡Salud por el guapo esposo comprado por la gordita! —soltó Gal