Al día siguiente, Zacarías abrió los ojos con la primera luz filtrándose por las cortinas y notó de inmediato la ausencia: la cama estaba fría a su lado. Se incorporó, el corazón le dio un vuelco que no supo explicar, había un gran silencio, tocó al otro lado de la cama, como si pudiera sentirla, pero ella no estaba.
Se enderezó confuso.
Caminó hasta la cocina; la fragancia del café recién hecho lo recibió como una traición amable.
En la mesa, el desayuno estaba dispuesto con cuidado —plato de e