Roberto sentía miedo.
Un miedo visceral, primitivo, que le apretaba el pecho y le robaba el aire mientras corría sin mirar atrás.
—¡Rosanne! —gritó, con la voz quebrada.
Las nubes se acumulaban sobre la isla con una rapidez inquietante.
El cielo, antes claro, comenzaba a oscurecerse de forma amenazante, y el mar se agitaba con una furia creciente, golpeando las rocas como si presintiera la tragedia. El corazón de Roberto latía con violencia, tan fuerte que parecía querer salírsele del pecho.
La buscaba desesperado, entre la vegetación, entre las ruinas, entre las sombras que se alargaban con cada segundo que pasaba.
El miedo a perderla volvía a instalarse en él como una vieja pesadilla que jamás lo había abandonado del todo. Ya la había perdido una vez… y no estaba dispuesto a soportarlo de nuevo.
Entonces lo escuchó.
—¡Roberto…!
El grito fue débil, apenas un hilo de voz, pero para él sonó como un llamado desesperado. Se giró de inmediato y corrió en esa dirección, ignorando el cansan