DOMINIK
Suspiré, en tanto la curiosidad se apoderaba del gesto de la castaña. Volteó hacia mí y se acercó unos pasos.
—¿Qué le hiciste?
—Supongo que la rechacé sin una confesión —contesté como si nada y me encogí de hombros—. La verdad no me importa.
Y eso era así. No me importaba.
Pero ella frunció el ceño.
—Vaya, ¿cómo es que puedes desconectar tus sentimientos con tanta facilidad? ¿No es ella una amiga tuya?
—Lo es, supongo, pero puede dejar de serlo si se mete en nuestro camino; para ser fr