51. El hermano.

Samuel desapareció rápidamente después de la orden de Santiago. Y entonces, cuando estuvimos solos, pude ver cómo se limpiaba la saliva de la boca antes de hablar.

— No, qué bueno que nos interrumpieron — dijo — , porque si no, no hubiera sido capaz de detenerme.

El momento había pasado, y aquella sensación excitante que había crecido en mi estómago también se había esfumado. Así que me sentí extraña, incómoda y también muy sucia.

— Sí, esto no debió haber pasado — dije con seguridad.

— Pe
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