Cap. 250: Una esposa fugitiva. Un abogado prohibido.
La tenue luz del amanecer se filtraba por las persianas cerradas del hospital mientras el monitor cardíaco marcaba un pitido constante. En la cama, Richard comenzaba a recuperar la conciencia. Sus párpados temblaron, su rostro se contrajo en una mueca de incomodidad, y un quejido gutural brotó de su garganta.
—Tranquilo, señor Crowe… —dijo una voz grave—. Está usted en el hospital. Está a salvo.
La silueta de un médico de bata blanca se acercó al borde de la cama. Junto a él, dos agentes del FB