Christopher permaneció en la habitación, rígido, inmóvil. El portazo de Alisson aún resonaba en sus oídos. Minutos, quizás horas, pasaron sin que se moviera, sin que pudiera reaccionar. El reloj de su muñeca lo sacó de aquel trance: la alarma marcaba la hora de recoger a los trillizos en el colegio.
Se levantó con un gesto mecánico, tomó las llaves y condujo hasta la escuela. Los niños corrieron hacia él con sus mochilas a cuestas, llenos de la energía habitual. Christopher sonrió apenas, incli