La mañana en la mansión Miller comenzó con un silencio engañoso. Desde las habitaciones infantiles, poco a poco fueron escuchándose risas, pasos apresurados y el tintinear de juguetes. Christopher ya estaba de pie, camisa perfectamente abotonada, el cabello impecable y esa seriedad que siempre lo acompañaba. Frente a él, sin embargo, tenía a tres pequeños que parecían decididos a poner a prueba su paciencia.
—Nathan, quieto, por favor. —Le acomodó la camisa blanca del uniforme mientras el niño