El sonido del portazo aún resonaba en las paredes del despacho cuando Michael bajó corriendo las escaleras. El pecho le ardía. No era ansiedad, no era miedo. Era algo más profundo. Algo que le carcomía por dentro; desesperación.
—¿Elizabeth? —gritó al vacío—. ¡Elizabeth!
Silencio.
El eco de su voz rebotó en el mármol. El reloj marcaba las 8:17. Afuera, los pájaros apenas empezaban a cantar. El día era demasiado tranquilo para el caos que se desataba en su interior: sentía que le faltaba el a