La puerta de metal se abrió con un chirrido que desgarró el silencio. El olor a humedad y encierro escapó de golpe. Ryan se quedó quieto, paralizado, con la respiración contenida. Sus ojos marrones se toparon con la figura hecha un ovillo en el rincón.
Julie estaba irreconocible. El rostro cubierto de sangre seca, el cabello rubio pegado a las mejillas húmedas por lágrimas y sudor. La piel desgarrada, con moretones que manchaban su cuerpo. Sus ojos hundidos, oscuros por el dolor, lo buscaron ap