El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Elizabeth regresó a la habitación. Acababa de dejar atrás a su padre, Austin, y aún sentía el corazón acelerado por la preocupación. ¿Cómo se ponía a hacer cosas? ¡Era un anciano! ¿Y si le daba un infarto? ¿O le pegaban una enfermedad? ¡Era un desconsiderado! Para ella, Austin no estaba en edad de andar con esas cosas del demonio. Entró con cuidado y cerró la puerta con suavidad, no quería despertar a Michael.
Él dormía de lado, con el torso des