La puerta automática de la clínica se abrió con un zumbido. Afuera, la tarde tenía un aire distinto: más ligero, más real. Christopher sostenía la mano de Alisson como si esa fuera la única certeza que le quedaba en un mundo donde nada parecía estable. Ella sonreía, con los ojos aún húmedos, y su vientre se adivinaba bajo el abrigo claro.
Él sacó el teléfono del bolsillo y, sin pensarlo demasiado, marcó el número de Elizabeth. La llamada fue contestada rápido como si la estuviera esperando.
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