Los días habían pasado como si estuvieran corriendo un maratón.
Christopher mismo había dado la orden de captura en contra de su madre. No hubo dudas, no hubo titubeos: Nora debía pagar. Las pruebas eran suficientes, las palabras de Austin lo habían confirmado, y su propia conciencia le exigía justicia.
Pero mientras él se aferraba a la frialdad que exigía la venganza, Austin movía sus propias piezas. El anciano, curtido por años de sombras y guerra, no era un santo. Su voz resonaba con la dure