Al otro lado de la ciudad, Leonardo apagó el televisor con un movimiento seco, casi violento.
El silencio que quedó en la sala fue espeso.
Martin lo observaba desde el otro extremo del salón, de pie, con las manos entrelazadas frente a su cuerpo. Conocía demasiado bien ese gesto rígido en los hombros de Leonardo. No era calma. Era contención.
—¿Qué piensa, señor? —preguntó al fin, con cautela.
Leonardo alzó la vista lentamente. Sus ojos oscuros no reflejaban sorpresa, sino algo mucho más peligroso: cálculo.
—Necesitamos saber quién está detrás de todo esto —dijo con voz grave—. Esto no apareció por arte de magia.
Martin asintió de inmediato.
—Desde luego. Pero… —hizo una breve pausa— todo esto también le favorece, señor. Por fin podrá limpiar su nombre, y las investigaciones terminaran por fin.
Leonardo dejó escapar una sonrisa mínima, torcida.
—Sí —murmuró—. Aunque se limpie mi nombre… nada volverá a ser como antes.
Su mirada descendió hacia el suelo, involuntariamente. Y con ese ges