Al otro lado de la ciudad, Leonardo apagó el televisor con un movimiento seco, casi violento.
El silencio que quedó en la sala fue espeso.
Martin lo observaba desde el otro extremo del salón, de pie, con las manos entrelazadas frente a su cuerpo. Conocía demasiado bien ese gesto rígido en los hombros de Leonardo. No era calma. Era contención.
—¿Qué piensa, señor? —preguntó al fin, con cautela.
Leonardo alzó la vista lentamente. Sus ojos oscuros no reflejaban sorpresa, sino algo mucho más peligr