Ariana se giró hacia Leonardo con los ojos hinchados y la respiración entrecortada.
Su voz apenas era un hilo, pero en ella había una súplica que le partió el pecho.
—Por favor… llévame a mi casa —pidió—. Por favor, Leonardo.
Él la miró con intensidad, como si quisiera guardar en la retina cada gesto, cada lágrima. Asintió sin palabras.
No había fuerzas para discutir; la urgencia en su cara lo convenció en un segundo. Sacudió la humedad de su abrigo y le tendió la mano con gentileza.
Salieron del hospital bajo una lluvia fina que empezaba a subir de intensidad. El trayecto hasta la mansión Santillán fue un viaje silencioso, donde cada kilómetro parecía alargar la agonía.
Ariana miraba la ciudad deslizarse por la ventana con los ojos vacíos, como si buscara respuestas en las luces que se perdían detrás del parabrisas.
Leonardo conducía con las manos apretadas en el volante, la mandíbula tensa, calculando cada semáforo, cada curva, pero manteniendo la mirada fija en ella por el espe