Leonardo se pasó una mano por el rostro, notando el ardor seco de la herida en su sien. La camisa blanca estaba manchada de sangre y whisky, pegándosele al cuerpo.
Soltó un suspiro pesado, casi un gruñido, y se incorporó con lentitud. Cada movimiento parecía arrastrar consigo el peso de algo más que el cansancio: culpa, deseo, confusión.
—Basta —murmuró, con voz ronca.
Caminó hacia el baño, abrió el grifo y dejó que el agua helada corriera entre sus dedos. Se quitó la camisa, la arrojó al suel