Habían pasado dos días desde que Ethan sacó a Ariana del hospital sin decir una palabra a nadie. Dos días en los que el mundo parecía girar más lento… o quizá era que Leonardo Moretti, desde el otro extremo del continente, sentía que el tiempo lo estaba torturando a propósito.
Ariana reposaba en una habitación luminosa de un hospital privado, discreto y alejado de cualquier radar político, incluso con otro nombre. Ethan había escogido ese lugar con precisión, sin periodistas, sin funcionarios, sin posibilidad de que el presidente la encontrara.
Su respiración era estable, sus heridas evolucionaban, y los médicos estaban satisfechos con los progresos. Pero a pesar de la tranquilidad que rodeaba su habitación, había una sombra de preocupación constante: nadie debía saber dónde estaba.
Ethan dormía en un sofá junto a ella, siempre con el ceño fruncido, como si su cuerpo completo hubiera cambiado a un modo de vigilancia absoluta. Flor entraba y salía con cuidado, llevando flores nuevas,