Una semana después
La semana siguiente cayó sobre Leonardo con el peso de una condena. Cada día era más largo que el anterior, más denso, más insoportable. Dormía poco, comía menos, y la ansiedad lo devoraba desde dentro como un animal hambriento.
No había manera de frenar los pensamientos que lo asaltaban a todas horas:
¿Dónde estaba Ariana?
¿Estaba herida?
¿Estaba sola?
¿O, peor aún… estaba muerta?
El vacío que ella había dejado era un hueco que le arrancaba el aire cada vez que entraba a la habitación, cada vez que abría su celular esperando rogando ver un mensaje de ella. Sus manos temblaban. Había enviado a agentes, policías, militares, investigadores privados y hasta contactos clandestinos. Nadie sabía nada.
Era como si Ariana se hubiera evaporado del mundo.
Durante esos siete días, Leonardo recorrió ciudades cercanas, revisó cámaras de seguridad, interrogó a personal del hospital, llamó a Flor hasta que ella dejó de responder. Nada. Absolutamente nada.
Al séptimo día, de pie