La noche los envolvió en cuanto el auto cruzó los altos portones de la mansión.
Ariana apenas había bajado cuando dos pequeñas sombras salieron disparadas desde la entrada principal.
—¡Mamá! —gritó una voz infantil, cargada de emoción.
Ariana apenas tuvo tiempo de dejar su bolso sobre el asiento cuando se agachó instintivamente y recibió el impacto de dos cuerpecitos que se aferraron a sus piernas como si temieran que volviera a desaparecer.
Sus manos se deslizaron por los cabellos oscuros de ambos, respirando hondo, como si ese abrazo fuera el único lugar donde realmente podía descansar.
—Mis amores… —susurró, besándoles la cabeza—. ¿Se portaron bien?
—¡Sí! —respondieron casi al mismo tiempo.
Entonces, los dos levantaron la vista y sus ojos se iluminaron al unísono.
—¡Tío Ethan! —gritaron, soltándose de Ariana para correr hacia él.
Ethan no tuvo oportunidad de reaccionar. Los alzó a ambos con facilidad, uno en cada brazo, riendo con una calidez que rara vez mostraba fuera de ese lug