El aire de la sala se volvió denso.
Leonardo no reaccionó de inmediato.
No parpadeó, no respiró.
Sus ojos permanecieron fijos en la puerta abierta, como si su mente se negara a procesar lo que tenía delante.
Ariana Santillan estaba allí.
De pie, impecable, con la espalda recta y el mentón en alto. Vestía un traje claro de líneas elegantes que resaltaba su figura sin esfuerzo.
Su cabello caía suelto sobre los hombros, enmarcando un rostro sereno… demasiado sereno. Sus labios se curvaron en una sonrisa mínima, controlada, distante.
No había rastro de la mujer que él había perdido.No había dolor visible. No había reproche.
Solo poder.
Leonardo sintió cómo algo se rompía dentro de su pecho.
—Esto… —murmuró, poniéndose de pie de golpe—. Esto es una broma.
El sonido de la silla al deslizarse resonó en la sala como un disparo.
Ariana no se inmutó.
—No, señor Moratti —respondió con calma—. El señor Taylor está diciendo la verdad.
El secretario asintió, acomodando unos documentos sobre la mes