El aire de la sala se volvió denso.
Leonardo no reaccionó de inmediato.
No parpadeó, no respiró.
Sus ojos permanecieron fijos en la puerta abierta, como si su mente se negara a procesar lo que tenía delante.
Ariana Santillan estaba allí.
De pie, impecable, con la espalda recta y el mentón en alto. Vestía un traje claro de líneas elegantes que resaltaba su figura sin esfuerzo.
Su cabello caía suelto sobre los hombros, enmarcando un rostro sereno… demasiado sereno. Sus labios se curvaron en una