A la mañana siguiente, Leonardo abrió lentamente los ojos, sintiendo una oleada de alivio y felicidad al ver a su amada a su lado.
Una suave sonrisa se dibujó en su rostro mientras la contemplaba, agradecido de tenerla de vuelta. Su corazón latía con una mezcla de emoción y ternura, y se permitió un momento para saborear la presencia de ella, sabiendo que cada instante juntos era un regalo precioso.
Bajó la mirada y notó las marcas en las manos de ella, testimonio de su reciente calvario. Con un toque suave, trazó las líneas rojas que la soga había dejado en su piel.
Luego, inclinándose hacia adelante, le besó la frente con una delicadeza que reflejaba todo el amor y la preocupación que sentía.
—¡Buenos días, señora! —murmuró, su voz cargada de afecto.
Ella respondió con una sonrisa que iluminó su rostro, y Leonardo sintió que su corazón se hinchaba de alegría.
—Parece un sueño — susurró, apenas capaz de creer que ella estaba realmente allí, a salvo y en sus brazos.
Con un movimie