Leonardo se pasó una mano por el rostro con brusquedad, la mandíbula tensa, los músculos del cuello rígidos como si estuviera conteniéndose de estallar.
—Llama a casa de Ariana —ordenó, sin mirarlo.
Martín, que estaba a su lado, dudó un segundo antes de responder.
—Señor… a esta hora usted acaba de discutir con ella. Tal vez sea mejor que las cosas se calmen un poco.
Leonardo giró el rostro lentamente. Sus ojos oscuros eran pura furia contenida.
—Es una maldita orden, Martín —escupió—. Llama. Y