Ariana iba sentada en el asiento trasero, con la mirada perdida en el paisaje que pasaba frente a sus ojos sin que realmente lo viera.
El auto avanzaba con normalidad por la carretera, pero dentro de ella todo era un caos. Una lágrima se desprendió sin aviso y rodó lentamente por su mejilla, silenciosa, traicionera.
Joaquín, atento desde el asiento del conductor, lo notó por el retrovisor.
—¿Sucede algo, señora? —preguntó con voz firme, aunque cargada de preocupación.
Ariana se apresuró a limpiarse el rostro, enderezándose.
—No… no es nada, Joaquín —respondió, forzando una calma que no sentía—. Continúe.
El hombre asintió y volvió la vista al frente. El motor ronroneaba de manera constante, el camino parecía tranquilo. A lo lejos ya se divisaban los límites de casas, ya quedaban pocos kilómetros para girar hacia la mansión. Ariana respiró un poco más tranquila… demasiado pronto.
De repente, varias camionetas negras aparecieron desde un costado, atravesándose brutalmente en el camino.