Leonardo avanzó hasta el auto con pasos largos y descontrolados. La furia le tensaba los hombros, le quemaba la sangre. Martin lo siguió en silencio, pero apenas cerraron las puertas y el motor rugió, supo que debía hablar antes de que esa ira se convirtiera en un error irreversible.
—Señor… —dijo con cautela mientras arrancaba—. Creo que antes de ir con el señor Harry Velmon debemos conseguir hombres. Hombres dispuestos a todo.
Leonardo apoyó la cabeza un segundo contra el respaldo, cerró los ojos con fuerza y soltó una maldición entre dientes.
—Maldición… —gruñó—. Creo que tienes toda la razón.
Giró el rostro hacia la ventana, observando la ciudad pasar como una mancha borrosa, y entonces su mirada se endureció.
—Vamos con el jefe de la policía —añadió—. Me debe muchos favores. Y sé muy bien que no habrá inconveniente.
Martin frunció levemente el ceño.
—Señor… deben ser hombres fuera de la ley.
Leonardo arqueó una ceja, una sonrisa peligrosa dibujándose apenas en la comisura de sus