Ariana sintió que el pecho se le apretaba y se le llenaba de una alegría suave. Sonrió, incapaz de ocultarlo, mientras sus dedos rozaban la mano de Leonardo justo antes de que el auto presidencial se detuviera frente al enorme salón de gala.
Las luces, las cámaras y decenas de fotógrafos esperaban en la alfombra roja. La puerta del auto fue abierta por uno de los escoltas.
Leonardo salió primero.
Elegante. Imponente.
Luego extendió la mano hacia Ariana, como si se tratara de un gesto antiguo, solemne, íntimo. Ella la tomó con delicadeza, y Leonardo la ayudó a bajar.
En cuanto sus pies tocaron la alfombra roja, los flashes explotaron.
—Señor presidente, mire por aquí… ¡Primera dama!, ¡volteen hacia acá por favor!
Leonardo deslizó su mano por la de ella y entrelazó sus dedos con los de Ariana, guiándola con una seguridad que casi la desarmaba.
—¿Lista? —murmuró él sin dejar de sonreír hacia las cámaras.
—Estoy contigo —susurró ella.
Y caminaron juntos.
Los fotógrafos enloquecieron. La