Ariana exhaló mientras abría los ojos lentamente, suave, todavía con los labios rozando los de Leonardo, disfrutando del calor que él desprendía, del modo en que su presencia la envolvía sin esfuerzo.
Sus manos, casi sin pensarlo, descendieron por los costados de la cama y luego subieron lentamente hasta posarse sobre el pecho firme de él. Sus dedos trazaron líneas ligeras sobre la piel tibia, una caricia apenas perceptible, pero suficiente para que los ojos de Leonardo se abrieran de inmediato.
Él la miró.
La miró como si ella fuera algo que todavía no terminaba de creerse que tenía entre sus brazos.
—¿Ya estás despierta, amor? —murmuró, con esa voz baja que la derretía.
Ariana sonrió, medio adormilada, medio consciente, todavía perdida en la sensación de su piel.
—¿Y tú qué crees? —susurró, acariciando su pecho con más intención.
Leonardo bajó la mirada hacia las manos de ella, luego volvió a sus ojos y una sonrisa lenta, encantadora, se formó en su rostro.
—Creo —dijo acercándose—