Ariana se giró sin mirar atrás, el eco de sus tacones resuenan sobre el piso de la mansión presidencial. La rabia le hervía por dentro, una mezcla amarga de furia y humillación.
No podía creer la insolencia de Olivia, la osadía en sus palabras, el descaro en su sonrisa. Contuvo el temblor de sus manos al cerrar la puerta tras de sí y caminar hacia el auto oficial que la esperaba frente a la enorme puerta, el mismo auto que Leonardo había dispuesto para ella.
El chófer abrió la puerta con respeto. Ariana subió sin pronunciar palabra y dejó que el cuero frío del asiento absorbiera parte del fuego que la consumía.
—¿Le sucede algo, señora? —preguntó el chófer, mirando por el retrovisor.
Ariana lo observó unos segundos, intentando disimular la tormenta que le nublaba la mente.
—No… —respondió, con la voz más firme de lo que sentía—. Solo llévame al centro, por favor.
El hombre asintió y encendió el motor. Durante el trayecto, Ariana se quedó mirando por la ventana, observando las luces q