Leonardo reaccionó al instante. La sujetó por los hombros y la apartó con fuerza, la mandíbula tensa, el pulso acelerado, y su mirada se volvió dura, peligrosa.
—No lo vuelvas a hacer —dijo con voz grave, contenida.
Olivia frunció los labios, fingiendo inocencia, aunque en sus ojos destellaba algo más oscuro. Dio un paso atrás, con un puchero perfectamente ensayado.
—Vamos, Leo… —murmuró con un tono dulce que contrastaba con la furia que empezaba a gestarse dentro de él—. Sabes que me necesitas. Y muy pronto me buscarás.
Leonardo no respondió. Simplemente se giró, llevándose una mano al rostro, exhalando con frustración.
Olivia aprovechó el silencio para girar sobre sus talones. Caminó con gracia fingida por el pasillo, con el vestido ajustado moviéndose como una provocación medida.
Al llegar a la habitación que le había sido asignada, abrió la puerta con brusquedad. Apenas estuvo dentro, cerró de golpe y apoyó la espalda en ella, respirando hondo. Su rostro se deformó en una mueca d