Mientras tanto, a 20 minutos de ahí, Leonardo cerró la puerta de la habitación del hotel con un movimiento lento, casi mecánico. Aflojó el nudo de la corbata y avanzó hasta el minibar sin encender ninguna luz. No la necesitaba.
Sirvió un vaso de whisky con mano firme, aunque por dentro todo era un caos. El líquido ámbar chocó contra el cristal y el sonido resonó más fuerte de lo que esperaba.
Se dejó caer en el sillón junto a la ventana, apoyó los codos en las rodillas y llevó el vaso a los la